Mostrando las entradas con la etiqueta Anecdotas de Carlos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Anecdotas de Carlos. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de marzo de 2016

EL HOMBRE MODERNO SE IDIOTIZA

 

Se habla constantemente de un terrible cambio climático que amenaza a la humanidad, sin embargo poco se habla de la transformación que ya ha sufrido el hombre mismo. El hombre de nuestros días ya hizo metamorfosis cerebral y no es ni remotamente el mismo de tiempo atrás. Como se admiraba en mi época a las grandes figuras de la humanidad, a hombres celebres de la antigüedad en todas las esferas del conocimiento humano y sus increíbles descubrimientos.

martes, 9 de febrero de 2016

Las imperfecciones, el déficit crónico

Las imperfecciones, el déficit crónico

Mi gente,

Poco a poco he ido descubriendo las causas del stress tropical, el alto nivel psiquiátrico y el coeficiente de atolondramiento e idiotez de mis conciudadanos. Incluso trate de adaptar un termómetro ambiental de coca cola para transformarlo en un Idiotómetro para pedir que los visitantes oprimieran un botón y autorizar su entrada o no a la galería, a riesgo de que el equipo medidor no durara mucho y reventara con los primeros nativos caribeanos u europoides subnormales.

miércoles, 20 de enero de 2016

Ya tengo pasaporte español

Ya tengo pasaporte español


Nayibe, creo que vas a tener que pasar a una memoria mis notas y hacerte un ANECDOTARIO CUBANO y así te mantienes al día de como yo veo mi entorno y algún loco te las publica algún día y ganamos algunos euros. Es parte del diario acontecer. A continuación te comento el último tema.
Ayer me encuentro con un vecino, inteligente, juicioso al parecer, con un nivel de vida aceptable, pero contaminado con una de las modas de estos tiempos. Con cuanta emoción me espetó tan pronto me vio." Ya me otorgaron la ciudadanía. Ya tengo el pasaporte español." A veces ríspido en mi reacción espontánea, lo decepcioné al decirle. “De qué te servirá si no tienes los euros necesarios para respaldarlo”.

jueves, 17 de diciembre de 2015

El salto en el estomago



SIENTO UN VACIO, UN AHOGO, UN ESCALOFRIO, UN SALTO EN EL ESTOMAGO, EL PECHO APRETADO, UN VIVIR DESESPERADO, UN CANSANCIO SIN SENTIDO, UNA FIEBRE SIN MOTIVOS, UN SILENCIO ATORMENTADO , DE IMAGINARME CALLADO LO QUE ME PASO CONTIGO SIN QUE LO HUBIERA ESPERADO. ESTA ANGUSTIA EN QUE YO VIVO DE EXTRAÑARTE NO HA CESADO Y EL BALSAMO CURATIVO TU LO TIENES ENCERRADO.

Escribí estos versos en medio de aquel Moscú helado de febrero de 1999 cuando estaba apasionado con la rusa Marina Borisova y pasaba noches en vela esperando su aparición en mi apartamento, con la puerta entreabierta y una taquicardia casi infártica. No era para menos. Esbelta, rubia, ojiverde, sonriente, muy joven, atlética, incansable e imbatible y yo minúsculo, con mi pequeño cuerpo de triángulo isósceles y más de cincuenta años sobre las costas. Era enfrentarse al ejército alemán con las manos vacías.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

El buen emigrante

El buen emigrante



 El viejo refrán dice: Donde va Vicente hace lo que hace la gente. Sin embargo, inexplicablemente resulta que los emigrantes nacionales e internacionales tal vez quedan con la añoranza de sus costumbres, tradiciones y hasta prácticas religiosas de sus países de origen y en la ciudad de la Habana asan los cerdos a la púa al estilo oriental o quieren andar con turbantes y fundar mezquitas  y otros hábitos musulmanes, budistas, etc. en aquellos países o ciudades que le dan acogida, y en vez de adaptarse a los hábitos alimentarios, escolares u otros quieren trasplantar y a veces imponer una cultura ajena a las nuevas tierras donde fueron a buscar futuro.

Cuentan que los hindúes en Canadá se niegan a usar el casco de motoristas y viajar con sus turbantes. Mi vecina está preparando un envío de plátanos verdes machos, aguacates y malangas para sus familiares en el extranjero. Mandan incluso a buscar medicamentos porque sólo les asienta el meprobamato o la aspirina cubana. El sentido común, que dicen que es una bahía de poco calado, debe indicar o sugerir que la persona que decide ir a residir a un país extranjero debe respetar el modo de vivir o convivencia de su nuevo lar y romper esas tontas ataduras que no significa ni mucho menos perder patriotismo o la pertenencia a su país de origen.

Conocer, estudiar y profundizar en la historia de su tierra no puede implicar la conducta a veces ridícula de exigir de otros lo que no se supo reclamar allí donde nació.

Los cubanos y los israelitas se dice que siempre se enorgullecen de su origen aunque no son asimilados por los países de acogida y llegan a ser ciudadanos ejemplares, logrando los triunfos que un día soñaron. Desde luego, me parece que la cultura debe jugar un papel importante en este tema y aunque los países desarrollados del mundo tienen una deuda histórica con los menos desarrollados, como se entiende que una enfermera africana que abandonó su país para eludir la miseria de su país, arrastrada por el consumismo se lance en huelga furiosa manifestando contra el hospital de Londres que le dio trabajo y con lo cual ayuda a los parientes que quedaron atrás.

Nadie es poseedor de toda la verdad y tal vez yo esté equivocado. Yo no tengo alma de emigrante y he preferido vivir en el país donde nací. Mi sueño en la ancianidad es ir a refugiarme en un Home de Miami donde reside mi hijo menor, pero de seguro me comportaré como el resto de los ancianos norteamericanos y no mandaré a buscar leche evaporada a Cuba porque la americana me de dolor de tripa. Sean buenos emigrantes sin perder las raíces.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Extrovertido o introvertido




Antes se hablaba del filósofo de café con leche. En la ciudad abundaban las cafeterías donde desayunaban los amigos el café con leche o  la leche con chocolate, los churros o el pan con mantequilla y ahí charlaban de los temas más diversos, de política, de cultura, de astronomía, de amores, etc. polemizaban y tenían solución para todo. Eran desayunos alargados. Hubo cafés famosos, hombres distinguidos, organizaciones nacidas en esos ambientes. Era filosofar tomando café con leche, y sin embargo, era casi ofensivo llamar con ese término a alguien, pues era tildarlo de teórico, parlanchín, charlatán, hasta holgazán y perdedor de tiempo. Hoy día le llamarían un diletante.

Eran reuniones de extrovertidos. No había que citarlos y siempre se encontraban en el mismo sitio.

Tenían fondo de tiempo, pero ya no eran las reuniones de salones de las señoras francesas donde acudía lo más distinguido de la sociedad, se asemejaban más a los cafés parisinos donde se reunían pintores e intelectuales que pasaron a la posteridad.

Y aunque la conversación directa, frente a frente, tête à tête, vino con el hombre mismo, hay quien es de poco hablar, algunos casi autistas, como sordomudos, se distinguen tanto por su silencio como quienes atormentan por hablar sandeces. Antes era una buena referencia que en la biografía o carta de recomendación de una persona se escribiera "es un buen conversador", éso se consideraba un mérito y un privilegio.

Muchos de mis allegados son así, pero otros son muy introvertidos, a veces me parecen intrigantes, no les gusta hablar de sus problemas ni enfermedades y de los viajes al extranjero mucho menos sino hasta que están prácticamente en el aeropuerto. He pensado que podría ser no estar al mismo nivel intelectual del grupo ante un tema dado, otras veces he pensado que se han educado en órganos de inteligencia y que  tienden más a escuchar y temen expresar sus ideas, a menudo pienso que es por supersticiones y que temen que le echen mal de ojo o salación a sus proyectos si los divulgan antes de realizarlos, otras, que se trata de marca genética y les viene de herencia. Los introvertidos inspiran desconfianza porque nadie sabe cómo piensan, aunque sean nobles y generosos. No son expresivos.

Cuentan que un inglés flemático e introvertido estaba perdiendo mucho dinero jugando a la ruleta en Las Vegas. Impasible con las manos en los bolsillos, ni un gesto ni una palabra. Un cubano que lo observaba, se le acercó y le preguntó: " ¿Señor, cómo es posible esa quietud perdiendo tales sumas? " El señor inglés, sin hablar, sacó las manos de los bolsillos y  las abrió mostrando sus testículos aplastados al curioso cubanito. He ahí la desventaja de los introvertidos.

En el mundo diplomático la especulación y el intercambio de información es el pan de cada día para los acreditados en cualquier país. Cuentan que un introvertido diplomático asiático le preguntó la opinión sobre un delicado asunto político a un extrovertido diplomático latinoamericano, y éste se desplayó en criterios. Al final, como correspondía, pidió el punto de vista del asiático, quien le replicó:

"Señor mío, yo tengo su misma opinión". He ahí la desventaja de los extrovertidos.

De cualquier forma, yo prefiero los extrovertidos, cada cual con su modo de ver el mundo, de ahí que no pueda vivir en el norte de Europa donde el silencio aniquila la existencia y cuando he paseado por esos lares al llegar a España recupero mi alegría al sentarme en la barra de un bar y conversar con el desconocido sentado a mi lado, que me cuenta de su trabajo, de sus jefes, de su mujer, de sus hijos, de su amante, de lo que sufre y sueña. Nada, que al despedirnos todo queda olvidado y nos abrazamos desahogados como si nos conociéramos de toda la vida y llenos de entusiasmo.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Cubanos visitantes desde la Florida

Terminal 2 del aeropuerto internacional José Martí, de la Habana


Mi gente,

Cada día es una nueva enseñanza, una meditación, una reflexión, una acumulación de experiencia, un enfoque filosófico de la conducta humana y de la propia, en primer lugar. Si el estado mental es de abstracción, si andas absorto, puedes ir muchas veces al mismo lugar, al mismo país y a la misma ciudad y no te das cuenta de nada. Puedes estar años casado, noviando o con amigos y al final un buen y  día comprendes que no habías reparado en detalles que eran evidentes y muy especiales.

Así resulta que mi hijo pequeño viajaba solo desde Miami a La Habana  a pasar estas vacaciones de verano y tuve que ir a esperarlo a la Terminal 2 del aeropuerto internacional José Martí, de la Habana, promovida como la capital de todos los cubanos, aunque las leyes de inmigración interna limitan la radicación de los residentes de otras provincias, sobre todo de las antiguas provincias orientales y en particular de mujeres jóvenes. Ser mujer y joven, con residencia de provincia, trae sospechas en los habaneros. Nacionalidad palestina y posible  profesión, en lenguaje patriótico, jinete mambí, y en lenguaje religioso, jinete del Apocalipsis.

Sin embargo, ya la terminal 2  es otro ambiente. Es una zona multicolor, abigarrada, consumista, exclusiva, solidaria, casi sindicalista. Yo diría cubanamerican travelers trade union, como un sindicato de viajeros.



Terminal 2 del aeropuerto internacional José Martí, de la Habana


La mayor parte de los esperantes del patio, o sea familiares y amigos, residentes en Cuba, que esperan y que por cierto casi hablan una lengua esperanto, calzan zapatillas deportivas de color blanco, pantalonetas, pesqueros, shortpants, muchos manillas y cadenas doradas con la imagen de la patrona de Cuba, nuestra señora de la Caridad del Cobre, se destacan por las gafas oscuras a la moda, abundancia de pantalones blancos, esas llamativas camisas que yo llamo hawaianas, con arabescos de colores primarios, rojos, verdes, azules.

Se hablan de los programas televisivos más conocidos, de los centros nocturnos más codiciados, del mundo artístico, de tramitaciones burocráticas, de residencias y pasaportes, de revistas, de la moda, de las pacotillas recibidas con anterioridad y de las planificadas para el futuro inmediato, de los viajes realizados allá, a nadie le va mal, todo es triunfante, todo es hermoso y constante, como dijo Martí, pero todo como el diamante antes que luz es carbón y hay quien siempre será carbón.

Terminal 2 del aeropuerto internacional José Martí, de la Habana

Jamás había imaginado tal ambiente como de ciencia ficción. Yo me contaminé  emocionalmente con el grupo y aunque no  llevaba la vestimenta del momento, pues era como estar en una funeraria y no vestir de negro, me uní a gritos y alaridos, cuando a cuentagotas iban saliendo los arribantes después de más de cuatro horas de espera, con varios sombreros sobre las testas, tipo tejanos, para los parientes agricultores. Las mujeres de edad madura engalanadas con tres tejanos. Uno rojo, otro blanco y otro negro, son verdaderas obras de arte, empujando un carrito con muchos bultotes y maletines, envueltos en el mismo polietileno azul, y al bajar la rampa bastante pendiente, aquel balanceo inimitable para las mejores pasarelas del mundo.

No había paciencia de parte de los esperantes y al correr hacia el llegante capturaban en el aire los bultos cayentes,  interrumpiendo la salida de los pasajeros, por el nudo humano y dando un toque peculiar al desfile improvisado. Emocionante fue ver pasajeros saliendo los primeros, con prioridad en aquellas lastimeras sillas de rueda que todos les condonan cualquier pecado y ya en el exterior del aeropuerto, se levantan y caminan y corren.

Y que bella la señora tan combinada, de rosado, reloj de pulsera, cartera, collar, pendientes, oh dios, esperando mientras besuqueaba a su amado, a pesar de sus más de 50 años. Sin soñarlo, ya pertenezco a un  grupo exclusivo. Chao

martes, 22 de septiembre de 2015

Extraño el carro de fritas




Un día llegué de visita al pueblo donde nací y no lo reconocí. A la gente tampoco. Casi todos los de mi generación se habían muerto o ido del pueblo o del país. Todo había cambiado.  En especial, las casas, eran distintas, modificadas, decoloradas o habían desaparecido. Ni los árboles, ni la iglesia, ni mis propios familiares. ! Qué sensación tan extraña! Me sentí como en el desierto o en un país desconocido.

Ya en más de una ocasión he tenido ese sentimiento de no reconocer lo que antes me era bien familiar.  ! Con qué rapidez se transforma todo en pocos años! Pero no sólo el medio físico, las casas y la gente, los árboles y las calles, sino las costumbres y hábitos de vida. Se terminaron los vendedores de duro fríos y helados, o naranjas frías y peladas, de dulces garapiñados y otros, empujando un carrito y haciendo sonar una campana. Más nunca he vuelto a ver aquel hielo seco tan resistente al calor, que conservaba tan frío los productos. Sobrevivió el vendedor de maní tostado y hasta la palabra cucurucho ya suena bizarra. El vendedor ambulante fue personaje y protagonista en la infancia de mi tiempo. Teníamos poco vínculo con los otros vendedores ambulantes de mayor categoría, de portafolios y buena vestimenta y verbo, que vendían a domicilio y a crédito, muebles, electrodomésticos y todo lo imaginable. Esos eran diestros en hablar y en papeles. A los niños nos gustaban los otros, los callejeros que vendían golosinas.

Así las cosas, un buen día, me di cuenta que había desaparecido el cartucho y había sido sustituido por las bolsas plásticas. En las bodegas  descargaban las resmas de papel y cartuchos. Eran de calidades y tamaños diferentes. Había unos especiales, grandes y pequeños, gruesos, rosados, especiales para el café que se molía en la bodega o se compraba en granos y se molía en la casa.

Eran muy resistentes y conservaban el aroma del café mucho tiempo. Se ponían grasosos. Había unos papeles especiales para envolver la manteca de cerdo que venía en barriles o toneles de madera que luego devinieron plásticos. Los cartuchos eran de color marrón claro. Incluso le apodaron Cartucho a un cliente de la bodega por el color de su piel. Hoy día hablar de un cartucho parece lejano y medieval y de seguro muchos no sabrán de qué se trata. Los muchachos usaban los cartuchos para llenarlos de aire y hacerlos explotar. Servía además como medicamento pues el papel de estraza se utilizaba por las abuelas para preparar los sinapismos y bajar las fiebres altas. Lo untaban de grasa, lo calentaban y le salpicaban borras de café y recortado con la forma del pie lo pegaban a la planta del pie y lo abrigaban bien con un calcetín y una frazada. No se resistían las más altas temperaturas. Sin embargo, por ejemplo, la máquina de afeitar eléctrica no se pudo imponer al modo clásico de rasurarse. Tales son de impredecibles las cosas de la vida.
 


A mí lo que más me ha dolido es la extinción del carro de frita, el antecesor de los Mc Donald, de los Fast Foods, una forma rápida, sana, sabrosa y barata de alimentarse. Pululaban por toda la Habana, por todas las ciudades y por todos los barrios. La mayoría eran móviles, pero los había estacionarios, de cristal los laterales, donde se acumulaban croquetas, papas rellenas, huevos, bistecs bien finitos, papitas fritas en forma de fideos, cebolla picadita y verduras, y un pan más rico que el baguette francés. Casi todos cocían utilizando kerosene de combustible, pero lo mejor era el sabor especial que trasmitía la plancha metálica a los comestibles, la amabilidad de los dueños y su habilidad con los cuchillos y demás instrumentos. Todos usaban delantales.

Los pequeños kioscos existentes hoy por la ciudad no comparan en ningún sentido.

Dicen que el hombre se ata al pasado y no debe ser así, pero nada que deje buen sabor se olvida y trae añoranza. Por eso extraño el carro de frita.